martes, 10 de noviembre de 2009

Uff...

Y entonces, la cara encendida, la garganta burbujea con palabras cargadas de ironía que buscan el camino a mi boca. Más eso es solo la fachada, pues en el interior, en esa minúscula partícula de luz que todos tenemos en el pecho, entre los pulmones, al lado del corazón, bajo el esternón, en ese puntito que luce y que muchos llaman alma, todo mi ser temblaba y gritaba a mi cerebro que dejara de pensar, que dejará actuar a ese órgano palpitante que el alma cree que domina, más en verdad es el alma el dominado, que le dejara actuar, que le dejara hacer, correr, besar, abrazar y amar.
Pero el miedo era fuerte, los recuerdos también, el sentimiento del dolor, ese latigazo que atacó mi espalda, mi cara, mis piernas y mi alma cuando lo intuí.
Y las palabras nacieron, tomaron forma en mi lengua, que las acarició suavemente, una a una, mientras mi alma se encogía en mi pecho, se refugiaba junto al diafragma, que estaba agitado, pero menos que el estómago, el cual era un nido de mariposas.
Y en el momento de decirlas, mi faz estaba tranquila, las cejas arqueadas, de mi boca no salían palabras, salían puñales que se clavaban en ambos a la vez, pues mi alma gritaba con cada una de ellas, viendo como tu cara cambiaba y se llenaba de dolor, de sentimiento.
Y como quisiera mi alma odiarte, para así no sentir ese dolor por creer que te hago daño. Para así no sentir que me traiciono a mí misma con cada paso que doy para alejarme de ti, cuando en mi alma ha salido junto con esos cuchillos afilados, y vuela a tu alrededor gritándote, deseando que lo oigas, que sepas que eso no es cierto, que..
¿Qué? ¿Tengo el valor suficiente para decirlo? ¿Para admitir que sigues dentro mío? ¿Para volver a decir.. ?
Y el torrente de palabras va disminuyendo, tu semblante está pálido, tiene.. ¿miedo? ¿ira? ¿fuerza? ¿valor? ¿amor? ¿ironía?
Y mi alma, en su lugar de nuevo, está encogida, aterrorizada, el corazón bombea sangre, y cada célula de ella grita tu nombre a mi piel, que arde deseando que sean tus manos quienes la liberen de ese calor.
Deseando que el miedo se quede encerrado en su guarida, que no vuelva a salir, que no vuelva a recordármelo, que me deje ser libre y no estar atada a ese recuerdo. Que me deje volver a tus brazos sin miedo, y que ellos curen el temblor de todo mi cuerpo.
Y entonces, tú solo pronuncias las palabras que yo no puedo. Que me dan miedo oír. Que me dan miedo decir. Que me dan miedo pensar. Que me dan miedo escribir. Que me da miedo asumirlo, asumir que en mi interior estás y que lo sigo sintiendo. Pero tú lo haces por mí, las tornas ahora han cambiado.
-Te quiero.
Y tus brazos me sujetan mientras las lágrimas recorren mi rostro, mientras las piernas se doblan bajo el peso de todos mis sentimientos. Mientras siento que el miedo me envuelve entera. Y tú vuelves a hablar, y solo consigues que mi llanto se haga más pronunciado, que mi angustia aumente y que me sienta más débil.
-Te echo de menos pequeña.

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