lunes, 21 de diciembre de 2009

¬¬'

Joder, te quiero.
Claro que te quiero. ¿Tú me quieres?
Dijiste que sí. ¿Mentiste acaso?
No, claro que no. Jamás me mentirías.
Odio la espera. No entiendo tanto pensar.
Yo te quiero, tú me quieres. Nada más.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Como te echo de menos jodío

Esta noche soñé. Soñé contigo, y soñé que te quería. O que me querías tú a mí, la verdad es que no lo recuerdo. Ni lo recuerdo ni lo sé. Pero bueno, volvamos al tema. Soñé contigo, y soñé que éramos felices en una pequeña casa en la costa mediterránea italiana. Y sí, te sorprenderá que recuerde ese dato y no el anterior, pero mi memoria es selectiva. Y esa casita tenía jardín. Y en el jardín había una fuente con peces del color del arcoiris. ¿Que de cuál? Pues no lo sé. De todos, supongo. Y también había un perro. ¿Cómo se llamaba? ¡Lirco! Se llamaba Lirco y era un labrador canela. Y era una casa pequeña. Creo que eso ya te lo he dicho. Y Lirco nos saludaba ladrando y moviendo la cola. Él sí me quería. Tú, no lo sé. Y éramos mayores. Mayores de verdad. Tú tenías canas y pequeñas arrugas en los ojos. Yo llevaba el pelo largo y recogido en una coleta, y arrugas de sonreír, y tú me abrazabas y me besabas en el pelo. Pero sólo era cariño. O eso recuerdo. Pero.. ¿sabes una cosa? Éramos felices. Y yo rasgueaba la pluma sobre el papel escribiendo una historia soñada ayer, mientras que tu música volaba cuando las notas se tiraban del pentagrama, coordinadas por ti.

Pero.. ¿sabes qué? Éramos felices.

martes, 10 de noviembre de 2009

Uff...

Y entonces, la cara encendida, la garganta burbujea con palabras cargadas de ironía que buscan el camino a mi boca. Más eso es solo la fachada, pues en el interior, en esa minúscula partícula de luz que todos tenemos en el pecho, entre los pulmones, al lado del corazón, bajo el esternón, en ese puntito que luce y que muchos llaman alma, todo mi ser temblaba y gritaba a mi cerebro que dejara de pensar, que dejará actuar a ese órgano palpitante que el alma cree que domina, más en verdad es el alma el dominado, que le dejara actuar, que le dejara hacer, correr, besar, abrazar y amar.
Pero el miedo era fuerte, los recuerdos también, el sentimiento del dolor, ese latigazo que atacó mi espalda, mi cara, mis piernas y mi alma cuando lo intuí.
Y las palabras nacieron, tomaron forma en mi lengua, que las acarició suavemente, una a una, mientras mi alma se encogía en mi pecho, se refugiaba junto al diafragma, que estaba agitado, pero menos que el estómago, el cual era un nido de mariposas.
Y en el momento de decirlas, mi faz estaba tranquila, las cejas arqueadas, de mi boca no salían palabras, salían puñales que se clavaban en ambos a la vez, pues mi alma gritaba con cada una de ellas, viendo como tu cara cambiaba y se llenaba de dolor, de sentimiento.
Y como quisiera mi alma odiarte, para así no sentir ese dolor por creer que te hago daño. Para así no sentir que me traiciono a mí misma con cada paso que doy para alejarme de ti, cuando en mi alma ha salido junto con esos cuchillos afilados, y vuela a tu alrededor gritándote, deseando que lo oigas, que sepas que eso no es cierto, que..
¿Qué? ¿Tengo el valor suficiente para decirlo? ¿Para admitir que sigues dentro mío? ¿Para volver a decir.. ?
Y el torrente de palabras va disminuyendo, tu semblante está pálido, tiene.. ¿miedo? ¿ira? ¿fuerza? ¿valor? ¿amor? ¿ironía?
Y mi alma, en su lugar de nuevo, está encogida, aterrorizada, el corazón bombea sangre, y cada célula de ella grita tu nombre a mi piel, que arde deseando que sean tus manos quienes la liberen de ese calor.
Deseando que el miedo se quede encerrado en su guarida, que no vuelva a salir, que no vuelva a recordármelo, que me deje ser libre y no estar atada a ese recuerdo. Que me deje volver a tus brazos sin miedo, y que ellos curen el temblor de todo mi cuerpo.
Y entonces, tú solo pronuncias las palabras que yo no puedo. Que me dan miedo oír. Que me dan miedo decir. Que me dan miedo pensar. Que me dan miedo escribir. Que me da miedo asumirlo, asumir que en mi interior estás y que lo sigo sintiendo. Pero tú lo haces por mí, las tornas ahora han cambiado.
-Te quiero.
Y tus brazos me sujetan mientras las lágrimas recorren mi rostro, mientras las piernas se doblan bajo el peso de todos mis sentimientos. Mientras siento que el miedo me envuelve entera. Y tú vuelves a hablar, y solo consigues que mi llanto se haga más pronunciado, que mi angustia aumente y que me sienta más débil.
-Te echo de menos pequeña.

19/10/09

Me aburro. Mucho. Pienso en el examen de mates, y una oleada de rabia sacude mi interior.
Campanadas. Son las doce. Hace dos horas que en la clase de al lado me estremecía mientras el bolígrafo volaba sobre el papel y mi cabeza trataba de recordar cada uno de los procedimientos.
Ahora, los apuntes de literatura descansan en mi regazo, pues hasta hace diez minutos les dedicaba toda la atención robada a esta clase de gramática inglesa.

Pequeña amenaza sobre un examen de participios irregulares. No me preocupa, de hecho sonrío, y pienso en el descanso, la conversación. La añoranza que ha provocado en mí, sin saberlo la otra persona. Esa conversación sentadas en unas escaleras frías, con tortilla en el estómago. Ella hablaba, yo contemplaba un grupito de franceses, que parloteaban entre ellos como verdaderas cotorras. La descripción de sentimientos me llevó a recordar una rutina, un día tras día de impaciencia y mariposas en el estómago. El corazón latiendo a mil por hora, una sonrisa idiota en la cara. Pero eso terminó, y el equilibrio regresó.

Y ahora, una conversación tonta en un descanso, junto a alguien que me relata sus sentimientos, vuelve a hacer latir mi corazón, cuidadosamente silenciado.

=S

(08/10/09)

Y mi cuarto es tan solo un lugar oscuro más en el mundo. Pero dentro está mi cama, dentro de la cual estoy yo. Y tengo calor, aunque no lo sepa. Estoy sudando, aunque no lo sepa. Quieta, sobre la cama, un revoltijo de sábanas y dos piernas. Mi pelo está desparramado en la almohada.
Y entonces, de súbito, abro los ojos. Se hayan verdes, como siempre que lloro. Y rojos, como siempre que lloro. Lo único es que no sé por qué. Y entonces recuerdo el motivo por el cual mi cama se haya en semejante desorden.
Te fuiste, en mitad de la noche, solo y sin hacer ruido. Ya habías hecho bastante antes, cuando discutimos y yo lloré, y me dormí de puro cansancio. Y recuerdo vagamente que te tumbaste a mi lado, mientras yo lloraba suavemente, y te quedaste. Al menos hasta que me dormí, porque ahora no estabas.

Y quién me iba a decir que no volverías a estar.

Horas más tarde, caminando por la ciudad, y los recuerdos me asolan. No me molestaré en llamar, o en buscar. No vas a estar, y no te encontraré si no quieres dejarte encontrar. Así que seré yo quién se dejará encontrar, siguiendo en los mismos sitios y con la misma gente.

(Esto lo escribí hace mucho, y no lo cumplí. Eso sí.. un año más tarde..)

Salgo corriendo de casa, cojo las llaves y la mochila. Llego tarde a clase. Cruzo corriendo aquel lugar, sin apenas fijarme. Pero tú me haces parar, tu visión. Y esa mirada encontrada, mis ojos contra los tuyos.
Pero me voy.

Y cuando llego a clase, horas más tarde, tan solo una persona se percata de que mis ojos son verdes.

¡Plas!

La bola de papel arrugado golpea la pared. Me llevo las manos al pelo, frustrada. Quizá no debiera volver a coger un bolígrafo.. ni tocar una tecla. Quizá. ¿Por qué me han abandonado las palabras? Creía que no nos llevábamos mal.. Pero parece que ellas opinaban distinto. Tal vez no les hiciera caso suficiente, o las ignorara demasiadas veces cuando burbujeaban en mi garganta buscando el camino hasta mis labios.. Y cada vez me visitan menos, y cada vez son más ariscas.
Y si tengo a mi lado las palabras más importantes, ¿por qué me siento sola, por qué echo tanto de menos a esas pequeñas palabras que eran menores en mis escritos? ¿Por qué no bastan esas pocas palabras importantes? Quizá sea porque no se puede escribir una buena historia sin que estén todas..
Las lágrimas afluyen a mis ojos y caen sobre el papel. Lo que me faltaba. Las ignoro, tratando de encontrar ese por qué. Incluso alguna palabra importante ha desaparecido.. sin dejar rastro alguno.

Alzo la vista al techo de mi cuarto, suplicando por un milagro.. que no llega.

(29/09/09)

El vapor sube creando espirales hasta el techo. Pequeñas ondulaciones en el agua se asemejan a minúsculas olas. Cada vez se ve peor. La puerta de madera está cerrada, el suelo de barro cocido tiene partículas de agua, que siento a través de mis pies descalzos.
Mi albornoz de cosa extraña pero suave me cubre de la mirada indiscreta del espejo, en el que apenas veo nada ya. Mi baño, pequeño, parece una sauna. Es lo que necesito para relajarme, calor.
Deshago el nudo de mi cintura y dejo resbalar de mis hombros el albornoz. Cae al suelo, y allí se queda. Una última mirada desafiante al espejo, y entro a la bañera.
Para lo pequeño que es el baño, la bañera es grande, un semijacuzzi. Y es que este baño es lo único clásico, lo único que refleja algo más que minimalismo. Es mi pequeño santuario, me hace sentirme como en casa. Y en realidad ESTOY en casa. Llevo dos años viviendo aquí, pero aún no me he acostumbrado. El agua me cubre hasta las rodillas, me siento para tumbarme después. Pétalos de rosa flotan en la superficie. Aspiro. Me encanta el aroma. Me relaja.
Cierro los ojos y dejo que esas minúsculas olas me arrastren levemente. La luz es suave y respiro más vapor que oxígeno. El agua controlada, a 48ºC. Condiciones perfectas, ideales, los pétalos me medio cubren. Dejo caer la cabeza, el agua me cubre. Me quedo allí, tratando de aguantar, como si fuera tan ingenua como para creer que el agua me ordenará el medio millón de cosas que tengo en la cabeza. O quizá sí. Pero al final rompo la superficie del agua y respiro.
Fisicamente estoy tranquila. Mentalmente no, mi cabeza no se está quieta. Y es entonces cuando me fijo en la música. Stairway to heaven. Eso quiere decir que has llegado a casa. Cuando veas cerrada la puerta del baño entenderás que no debes molestarme.

Media hora más tarde, escucho las notas iniciales de Snow. Y abro los ojos, irritada. No me apetece escuchar a los Red Hot. Salgo de la bañera chorreando.
Una toalla a mi alrededor. El pelo mojado y los pies descalzos. Abro la puerta del baño y te encuentro enfrente, esperando. Tranquilo. Pero en un abrir y cerrar de ojos dejo de estar tranquila. Un rastro de carmín cruza tu cuello. Te miro a los ojos, sin querérmelo creer.
Tú solo sonríes y me dices:
-Te quiero.
E inevitablemente, amanezco a tu lado.