El vapor sube creando espirales hasta el techo. Pequeñas ondulaciones en el agua se asemejan a minúsculas olas. Cada vez se ve peor. La puerta de madera está cerrada, el suelo de barro cocido tiene partículas de agua, que siento a través de mis pies descalzos.
Mi albornoz de cosa extraña pero suave me cubre de la mirada indiscreta del espejo, en el que apenas veo nada ya. Mi baño, pequeño, parece una sauna. Es lo que necesito para relajarme, calor.
Deshago el nudo de mi cintura y dejo resbalar de mis hombros el albornoz. Cae al suelo, y allí se queda. Una última mirada desafiante al espejo, y entro a la bañera.
Para lo pequeño que es el baño, la bañera es grande, un semijacuzzi. Y es que este baño es lo único clásico, lo único que refleja algo más que minimalismo. Es mi pequeño santuario, me hace sentirme como en casa. Y en realidad ESTOY en casa. Llevo dos años viviendo aquí, pero aún no me he acostumbrado. El agua me cubre hasta las rodillas, me siento para tumbarme después. Pétalos de rosa flotan en la superficie. Aspiro. Me encanta el aroma. Me relaja.
Cierro los ojos y dejo que esas minúsculas olas me arrastren levemente. La luz es suave y respiro más vapor que oxígeno. El agua controlada, a 48ºC. Condiciones perfectas, ideales, los pétalos me medio cubren. Dejo caer la cabeza, el agua me cubre. Me quedo allí, tratando de aguantar, como si fuera tan ingenua como para creer que el agua me ordenará el medio millón de cosas que tengo en la cabeza. O quizá sí. Pero al final rompo la superficie del agua y respiro.
Fisicamente estoy tranquila. Mentalmente no, mi cabeza no se está quieta. Y es entonces cuando me fijo en la música. Stairway to heaven. Eso quiere decir que has llegado a casa. Cuando veas cerrada la puerta del baño entenderás que no debes molestarme.
Media hora más tarde, escucho las notas iniciales de Snow. Y abro los ojos, irritada. No me apetece escuchar a los Red Hot. Salgo de la bañera chorreando.
Una toalla a mi alrededor. El pelo mojado y los pies descalzos. Abro la puerta del baño y te encuentro enfrente, esperando. Tranquilo. Pero en un abrir y cerrar de ojos dejo de estar tranquila. Un rastro de carmín cruza tu cuello. Te miro a los ojos, sin querérmelo creer.
Tú solo sonríes y me dices:
-Te quiero.
E inevitablemente, amanezco a tu lado.

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