Callejuelas que conforman una ciudad del olvido, una ciudad de noche, una ciudad que me ve crecer.
Y no hay nada peor que al caminar entre las callejuelas de tu ciudad querida encuentres a alguien que te da la peor noticia.
Y llegar a casa, tumbarse en la cama y pensar. Y recordar una infancia engañada y malvivida. Y saber, ahora si, que aquello que te llevó a ella sigue así, impune y haciendo lo mismo. Y duele. Y te da rabia. Y deseas poder ser libre y tomar las riendas en tu propio camino. Y reconducirlo, y poder pasear por las calles de tu ciudad querida sabiendo que no te miran, que no cuchichean, que tu vida, desde el momento de tu concepción, está envuelta en la polémica. Y haber tenido desde tu nacimiento aquello que durante ocho años deseaste, y que ahora añoras de nuevo, sumergida en el recuerdo y en las lágrimas, porque probaste la miel y fue retirada de tus labios casi con violencia. Porque no sabes como volver a ser feliz como lo fuiste. Y ahora, veinticuatro horas despues, volver a recordar y notar la angustia y la vergüenza nacer en tu corazón, notar un nudo en la garganta.
Y buscar la felicidad de nuevo lejos del seno familiar, donde lo único que siempre has encontrado ha sido dolor, desprecio, malas miradas y nunca amor. O eso me han dado a entender. Sintiendo no ser parte de pleno derecho de una sociedad limitada, en la que todos te han hecho creer que estás incluida, pero que en tu interior sabes que no es cierto, y que no puedes hacer nada para remediarlo. Porque, desgraciadamente, eres un error y desde el momento en el que pasaste a ser, alguien firmó por ti, inocente y débil criatura entonces, un contrato de por vida, y romperlo significa renunciar a tanto que te da autentico miedo.
Y la tarde posterior a la noticia, aguantarse las ganas de llorar al recorrer de nuevo la calles, percatándose, ahora sí de las miradas. Y buscar la felicidad con mi mano entrelazada en la de otra persona, rechazando al pasado pese a saber que siempre me perseguirá.

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