sábado, 20 de marzo de 2010

Lily II

Ring.
Ring.
Ring.
El timbre no cesaba de sonar, una vez tras otra. Lis miraba fijamente una baldosa, sin atreverse a alzar la vista. Hacía mucho tiempo que no veía a Lily. Pero necesitaba saber por qué aquella carta había vuelto a sus manos.
Ahora dudaba de todo lo que antes creía que era seguro. Simplemente era eso. Durante años había creído saber que tenía todo bajo control. Y no se trataba ya de la carta, si no simplemente que el punto del día que no podía faltar, había sido perturbado, destrozado, fulminado. Alguien se había llevado su café a medio terminar.
Río para sí, sorprendida por sí misma. Consideraba más importante que alguien hubiera logrado llevarse su preciado café de hace dos días que que hubiera aparecido un fragmento de su pasado, en sus manos. Bueno, en ese momento, en su bolso.
Aún no había nacido quién pudiera acercarse a ella sin que ella lo supiera, cosa que estaba comprobando en ese momento al notar la presencia de Lily tras la puerta.
-Lily, ábreme.
Caso omiso. Notó la leve aceleración de la respiración de su antigua compañera. No la culpaba, tecnicamente estaba muerta. Debía ser un shock volver a ver a tu amiga cuando llevaba varios años muerta. Aunque eso en verdad no hubiera sucedido.
-Lily, cuyons, ábreme.
La llave giró en la cerradura y ambas contuvieron la respiración cuando sus miradas se cruzaron de nuevo. Ninguna había cambiado ni un ápice. Fisicamente por lo menos. Pero en lo demás.. eran totalmente distintas.
Lily observó a Lis con los ojos muy abiertos, tanto por la sorpresa como por el pánico. Pocas personas en este mundo sabían tanto como ella respecto a la muerte. Y la resurrección era algo inviable. Ella había visto a Lis muerta, había llorado sobre su cuerpo, lo había enterrado. Y ahora la veía frente a ella. Viva. Esos ojos marrones, que en vida eran vivaces e inteligentes, se presentaban tal y como estaban antes de que le diera el paro cardíaco. Hacía 20 años de aquello.
Lily había continuado su vida, olvidando en lo posible a Lis. El clan continuó su vida tras el luto, y ella con él. Era la gran Invocadora. No podía permitirse faltar. Pero hubo algo que nunca quiso decir a nadie, y que solo ahora tenía en cuenta para algo más que para generar odio. El cadáver de Lis reflejaba que el paro cardíaco había sido provocado por una sustancia, que probablemente hubiera tomado la misma Cazadora. Lily no podía dejar de preguntarse por qué Lis prefirió morir así que morir de alguna forma en la que su espíritu pudiera ser usado para las invocaciones de Lily. No era la vida, pero era lo más parecido. Aquel interrogante había vivido con ella, y cuando Lis se presentó en la puerta de su casa aquella tarde, no pudo evitar hacerse muchas preguntas.
Lis, por su parte, había salido de noche de su tumba, viva de nuevo, como una Julieta moderna. Pero su motivo no era el amor, si no la libertad. Hacía 20 años. Durante los tres o cuatro primeros años vivió en escondrijos que encontraba, cazaba para comer y dormía en el suelo, al raso. No era algo molesto para ella, pero si cansado. Muy cansado. Cuando se atrevió a volver a una vida medianamente normal, decidió mudarse a una ciudad grande, donde pasar fácilmente desapercibida. A partir de ese momento, el café fue el motivo de su vida. Una vida monótona y mortalmente aburrida. Algo que no era lo más adecuado para una antigua Cazadora de uno de los más grandes clanes de este mundo.
Ninguna de las dos se movió.

Lily I

"Querida Lily:
Bajé las escaleras una detrás de otra. El corazón bombeaba con fuerza y los nervios mezclados con la prisa hacían que mi respiración se acelarase. El pelo, que había crecido sin pausa en los últimos dos años golpeaba ritmicamente en mi espalda. Ya había olvidado el calor.
Pero no había olvidado el día ni el lugar. Y tampoco había olvidado cada timbre de cada una de vuestras voces, ni de vuestras risas. Lo había grabado todo en pequeño formato y lo había catalogado como FRÁGIL en mi cabeza. Todas las noches, con cuidado, sacaba esa cinta, le soplaba el escaso polvo acumulado y la escuchaba. Cerraba los ojos y todo aquello me llevaba a soñar. Tan solo tuve que seguir el rastro de la felicidad y la tranquilidad veraniega, que todavía flotaba en el aire, hasta vosotros. En verdad, sabía dónde estaríais, pero el miedo a los cambios me hacía asegurarme de cada una de las huellas. Antes de veros, de cruzar la última verja, paré y respiré. Sin saber qué iba a encontrarme, crucé con los ojos cerrados y con el corazón a mil. Y me guié por las risas hasta vosotros. Recordaba la cantidad exacta de escalones, de árboles, de briznas de hierba."

La carta, escrita con tinta roja, llegó hasta mis manos un 17 de febrero, mientras, sentada en un café, contemplaba pasar a la gente a través del gran ventanal. Era entretenido, poco a poco imaginaba sus vidas, las entretejía, las dibujaba. El café, que antes me parecía amargo, ahora se me antojaba el mejor de los placeres. Bueno, siendo realistas, quizá exceptuara uno, pero por crueles azares del destino se me vedó.
Cuando mi mano, por enésima vez, buscó la taza para beber el enésimo sorbito (los cafés tendían a durarme una hora y media, dos horas, dependiendo de la prisa del espaciotiempo), encontré esta carta. Por primera vez en la hora que llevaba allí sentada giré la cabeza, en un movimiento apenas visible para quienes no estuvieran atentos, e incluso para quienes sí lo estuvieran. Mi amada taza de café había desaparecido. Alguien se había encargado de perturbar el mejor momento del día. Fastidiada, quise lanzar la carta en forma de bola por el ventanal, y acertar justo en la nuca de ese niño que no dejaba de gritar mientras jugaba al fútbol. Pero un pequeño rastro de la conciencia que no tenía me hizo abrir el sobre, delicadamente, tratando de no rasgar el pulcro papel, y lo abrí. Leí la carta, una línea tras otra, cada vez más rápido y sin pausa. Cuando terminé, el fastidio de la taza de café se convirtió en irritación rozando el cabreo. No hay nada que más odie que que escarben en mi pasado.
En ese pasado, yo no bebía café.