jueves, 29 de abril de 2010

-¿Por qué me diste tu número? -solté la pregunta bruscamente. Él se había acercado sonriente, como si supiera que aquel día ocurriría algo. Se le congeló el gesto en cuanto le miré a los ojos.
-Porque sí. Me atraes. Me gustó lo que vi aquel día en el parque -se trababa al hablar, le había puesto nervioso. El asco y el desprecio fluían en mi interior como dos corrientes complementarias.
-¿Por qué has venido hoy?
-Porque me gustó, ya te lo he dicho. Le tratabas como a un cualquiera. Como si no te importara nada. Jugabas con él.
Su voz se había tornado más fuerte. Creía que había recuperado su posición. Pobre idiota. El desprecio se había convertido en ira en mi interior.
En ese momento le dije: "Vámonos." Me siguió, claro. Feliz, como un perro faldero. Dejé algo de dinero sobre la mesa y me largué de aquella cafetería, con un paso fuerte pero calmado, no queriendo dejar traslucir mis ganas de partirle la cara, por subnormal.
Me daba igual que nos hubiera visto en aquel parque. Estaba demasiado cabreada como para tener aquel detalle en cuenta. Aquel niñato había venido a mí, se había atrevido a darme su teléfono, a dar una indirecta para que le llamara, creyéndose superior a cualquier otro. Y peor aún. Creyéndose superior precisamente a ese otro.
Sonreí. Cuando nos alejamos de la puerta del lugar, por una calle sin salida, me giré. Le miré, transmitiendo el ardor de todo mi ser. Pero lo que él no se esperaba es que fuera por rabia y no por deseo. Se acercó, como si me hubiera logrado, y le dejé hacer. Me besó, y percibí su alegría. "Idiota.." pensé. Entretejí mis dedos en su pelo, me pegué a su cuerpo y le sentí. Sentí como cada vez estaba más seguro de su éxito. Y entonces empezó. Quiso bajar a mi cuello, y se lo prohibí de un tirón seco del pelo. Me miró, sonriendo, y le sonreí a su vez. Volvió a intentarlo, y esta vez le di una torta. Fui yo quién bajo a su cuello. Le besé la arteria. Suavemente. Y a continuación, le mordí. Se tensó por un momento, pero no duró mucho. Se relajó y me abrazó.
Le separé de mí, de un empujón. La sonrisa seguía allí, aunque ahora se parecía más a la de una serpiente.
Me acerqué a su oído, de puntillas. Mi aliento le rozó la oreja, provocándole un escalofrío. Yo sabía que en ese momento me deseaba más de lo que él mismo pensaba.
-¿Sabes? Ni siquiera sé tu nombre. Ni siquiera me interesa. Él no es un cualquiera. Ni te atrevas a insinuarlo. A TI te he tratado como un cualquiera.
Me di la vuelta y me fui, satisfecha. Le dejé allí, más confuso que nunca.

domingo, 25 de abril de 2010

Y es que ya sabes que soy incapaz de no morir cuando te veo tirado como si nada en mi cama, mirando al techo mientras intentas ocultar la risa que tira de las comisuras de tus labios, mientras tus ojos brillan, juguetones. Mientras a mí se me revuelven las entrañas al verte allí, tú te dedicas a hacer que me ignoras y yo a fingir que no me estás enamorando.
Que nos gusta demasiado perder el tiempo jugando a intentar. Que un mordisco tuyo me lleva a la luna de cabeza y que cada palabra que susurras en mi oído me hace reír, mientras por dentro me vuelves loca de deseo. Que hay días que me da igual que a nuestro alrededor no dejen de mirarnos, que el problema es suyo. Que te comería a besos de la cabeza a los pies, y créeme, sin remordimientos. Que es inevitable. Si me dices que no, mi mente se centra en sacarte un sí. Mis manos siempre andan hambrientas de tu cuerpo, y no hay minuto en el que no te eche de menos.

jueves, 8 de abril de 2010

Morning

Una taza de café más. En pijama y hecha un ovillo, rodeada por el humo de un cigarro que fuman a lo lejos. Suena Apologize y mi messenger, tu conversación. Me hace sonreír. Entra el sol por la ventana y deja mi lado derecho en sombras.
Recuerdo su olor, que golpea con fuerza, dejando marca.
I miss you, idiota.

sábado, 3 de abril de 2010

Abril.

Son las ganas de comerte de pies a cabeza, pero sin saber a quién.