Siento un nudo en la garganta cuando paso por allí, recordando el sol. En mi cabeza suenan las notas de un atardecer y yo me niego a mirar al otro lado de la calle, donde ya no nieva y hace sol, ese sol de esa tarde, que hacía cosquillas en los brazos desnudos. Tantas cosquillas como las que hacía tu risa en mis oídos. Un beso más, y ya era tuya. El color de mis mejillas te hacía sonreír, al igual que mis pequeños ataques de vergüenza, que me hacían necesitar ocultar mi cara en tu hombro. Pequeño pacto sin palabras.
Mordisquillo a la oreja, y vuelta a empezar. Un te quiero apenas audible entre el murmullo de la ropa, que volaba entre nosotros, cuando una vez en tu cama no se iban las sonrisas. No dejes que el aire corra entre nosotros. Búscame.
Qué más dará, si en tu colchón no existen los relojes, qué más dará si a nadie le interesa que mis ojos solo existan para ti, o que mis manos solo tengan hambre de tu cuerpo. Qué más dará si mis te quiero solo pueden oírlos tus oídos, y si tu aliento solo se dirige a mí. Si nuestras lenguas juegan y los labios no se separan más de un centímetro, las palabras susurradas, entremezcladas, unidas, nuestras, se pierden entre el vaivén de los cuerpos. La cabeza cae hacia atrás, abandonada a su suerte. Un remolino se forma en ella y me tiro a la piscina. Un beso más.
Despierto de los recuerdos y miro a quien va a mi lado. En apenas unos segundos me he hundido de cabeza en los recuerdos de aquello. Contesto, sin saber apenas a qué, con la mente en aquel edificio, en meses atrás. Perdida, color ladrillo.
miércoles, 27 de enero de 2010
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