sábado, 20 de marzo de 2010

Lily I

"Querida Lily:
Bajé las escaleras una detrás de otra. El corazón bombeaba con fuerza y los nervios mezclados con la prisa hacían que mi respiración se acelarase. El pelo, que había crecido sin pausa en los últimos dos años golpeaba ritmicamente en mi espalda. Ya había olvidado el calor.
Pero no había olvidado el día ni el lugar. Y tampoco había olvidado cada timbre de cada una de vuestras voces, ni de vuestras risas. Lo había grabado todo en pequeño formato y lo había catalogado como FRÁGIL en mi cabeza. Todas las noches, con cuidado, sacaba esa cinta, le soplaba el escaso polvo acumulado y la escuchaba. Cerraba los ojos y todo aquello me llevaba a soñar. Tan solo tuve que seguir el rastro de la felicidad y la tranquilidad veraniega, que todavía flotaba en el aire, hasta vosotros. En verdad, sabía dónde estaríais, pero el miedo a los cambios me hacía asegurarme de cada una de las huellas. Antes de veros, de cruzar la última verja, paré y respiré. Sin saber qué iba a encontrarme, crucé con los ojos cerrados y con el corazón a mil. Y me guié por las risas hasta vosotros. Recordaba la cantidad exacta de escalones, de árboles, de briznas de hierba."

La carta, escrita con tinta roja, llegó hasta mis manos un 17 de febrero, mientras, sentada en un café, contemplaba pasar a la gente a través del gran ventanal. Era entretenido, poco a poco imaginaba sus vidas, las entretejía, las dibujaba. El café, que antes me parecía amargo, ahora se me antojaba el mejor de los placeres. Bueno, siendo realistas, quizá exceptuara uno, pero por crueles azares del destino se me vedó.
Cuando mi mano, por enésima vez, buscó la taza para beber el enésimo sorbito (los cafés tendían a durarme una hora y media, dos horas, dependiendo de la prisa del espaciotiempo), encontré esta carta. Por primera vez en la hora que llevaba allí sentada giré la cabeza, en un movimiento apenas visible para quienes no estuvieran atentos, e incluso para quienes sí lo estuvieran. Mi amada taza de café había desaparecido. Alguien se había encargado de perturbar el mejor momento del día. Fastidiada, quise lanzar la carta en forma de bola por el ventanal, y acertar justo en la nuca de ese niño que no dejaba de gritar mientras jugaba al fútbol. Pero un pequeño rastro de la conciencia que no tenía me hizo abrir el sobre, delicadamente, tratando de no rasgar el pulcro papel, y lo abrí. Leí la carta, una línea tras otra, cada vez más rápido y sin pausa. Cuando terminé, el fastidio de la taza de café se convirtió en irritación rozando el cabreo. No hay nada que más odie que que escarben en mi pasado.
En ese pasado, yo no bebía café.

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