lunes, 25 de enero de 2010


Un puño atrapa el corazón y lo estruja hasta que me obliga a gritar. Quiero hacerlo, quiero gritar, gritarte. Olvidarme de mí misma por un momento. Pero no puedo, y todo se queda dentro. Y duele. Injustamente, y estoy siendo injusta, pero duele.
Aparto la vista y ella ve, fugazmente, el salto de las lágrimas de los ojos a la calle. Ese suicidio involuntario que me gustaría haber podido evitar, pero poco podía hacer contra ello. Simplemente, me agarra del brazo y me saca de allí. Solo puedo murmurar un gracias, mientras ese dolor, que ya es un viejo conocido, ataca otra vez más. Ojalá pudiera perderme en mis sueños.
Ahora, a pintarse una sonrisa.

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