Y es que ayer noche observé el reloj, temerosa de ver que pronto debería ir a la cama. Vagamente, poco a poco, lo hice, y ocurrió lo que me temía.
Tan pronto mi cabeza tocó la almohada las lágrimas que había reprimido ante los demás surgieron, brotaron de una interna fuente que yo desconocía y fue peor que la vez anterior. Fueron más, más fuertes y más dolorosas que la anterior. No pude evitar sollozar y entonces si que callé... escuché, miré entre el velo de lágrimas al oscuro pasillo que llevaba al resto de la casa. No quería que nadie despertara y me viera llorar, ni siquiera que lo escucharan. No quería que me compadecieran, no mi familia. Me levanté en silencio, mis pies descalzos apenas rozando el suelo, de hecho, entre el cansancio y las lágrimas no estoy segura de que anoche no consiguiera volar... Llegué a la cocina y saqué una jarra de agua congelada. Bebí y bebí, hasta que sentí que las lágrimas se congelaban y volvía a formarse un nudo en mi garganta. Regresé a intentar dormir, pero cuando esta mañana entró el primer rayo de sol, me dí cuenta de que habría podido ver amanecer.
martes, 18 de agosto de 2009
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