Aburrida en casa... cansada de las teclas del ordenador y recordando. Llamo y no contestan. Qué raro. Indecisa, dejo vagar la mirada por el salón de mi casa. Y los recuerdos me asolan. Buenos y malos, malos sobretodo, pero también los hay buenos. Hace casi un año ya. Y el verano, los veranos, pasan por mi mente, con rapidez pero dejando ver los momentos que se han quedado clavados en mi corazón. Hace un año... hace un año. Un año más madura, o quizás un año más inmadura. O menos decidida, o con más logros en mi mente. O con más errores. No, eso es seguro. Tengo más errores en mi haber. Y más experiencias. Pero todo ello me ha hecho como soy. El equivocarme, el que se equivoquen, el caerme y el levantarme me ha hecho como soy. ¿Me gusta como soy? Sí, creo que sí. Entonces... ¿por qué hay cosas en mi pasado que no me dejan vivir en paz?
Y con estos pensamientos me encamino al sofá y cojo la baraja que un rato atrás había dejado olvidada, casi tirada, con frustración. Y decido continuar. Barajo, extiendo, fuerzo, trato de hacer un abanico, controlo. Y esta vez no me frustro. No del todo. Y con curiosidad, con aquella curiosidad que mató al gato, corto y observó la carta por la cual he cortado. Un tres de picas. Sonrió levemente, pensando con descaro cuán unido parece mi destino a esa carta. Dejo el resto de la baraja y me quedo con esa carta. La observo, la acarició. Y vuelvo a sonreír, otra vez. Pero guardó la baraja y vuelvo a olvidarla sobre la mesa...
Me levanto del sofá, me ducho, me tomo mi tiempo escogiendo mi ropa, envuelta en la toalla, ignorando el charco de agua que se comienza a formar a mis pies. Y durante todo esto pienso. Mi corazón está tranquilo, palpita, a su ritmo. Tarareo una canción mientras mi mirada vuela por la habitación. Se para de improviso, bruscamente, en mi iPod. No, ahora no. Estoy tranquila, la música no me hará bien, pienso.
Y recuerdo la música que sonó aquel día. Mientras recuperaba el aliento. Mientras me tranquilizaba. Mientras mi corazón se relajaba. Mientras reía. Estaba feliz, lo recuerdo. La noche anterior había estado nerviosa, intranquila. Pero ahora estaba bien, agusto. Entre los brazos de quién entonces amaba. Y reíamos, todo se convirtió en un plural. Besos, abrazos. Risas. Y una vez tranquila, tuve un momento de duda. ¿Sí, no? ¿Me he equivocado? Y la angustia me invadió. Una mirada hacia mis ojos, preocupado. Un pequeño zarandeo amable. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? No, nada, tranquilo. Sonreí. No me he equivocado, pensé. Y volví a tranquilizarme. Y todo fluyó. Y sonaban los Red Hot.
sábado, 29 de agosto de 2009
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