lunes, 3 de mayo de 2010

Retazos de ti.

Que odio mirar al futuro y que la incertidumbre de no saber qué será me llene y me agobie, ante el no saber si seguiré teniendo tus labios y tus dientes, que muerden mi alma a cada sonrisa que me dedicas. Que me encanta sonreír cada noche porque siento el recuerdo de tu forma sobre mi cama, que mi corazón va a mil por hora cada día, muriéndose por verte, reclamando para mí, y solo para mí tus besos, tus sonrisas y tus cosquillas, tus carreras y ese te quiero que entreveo en cada uno de tus suspiros.
Que cada vez que dan las 15 yo sonrío mirando a un reloj que me guiña el ojo, como queriendo hacerme entender que hasta las horas se compinchan con nosotros. Que adoro los momentos de prisa y risas, los últimos arreglos en el baño, tú peleándote con tu camisa y yo con mis rizos.
Adoro saber exactamente lo que va a pasar cuando siento tus labios explorar, en terreno propio y conocido, mi cuello. Adoro acurrucarme a tu lado, con tu brazo rodeándome como si temieras que desapareciera de repente.
Que me encanta ver las sonrisas a mi alrededor cuando me ven verte aparecer. Odio estar sentada en medio de un montón de gente que no tiene ni idea de lo que me revienta no verte, y también odio los prejuicios de los tozudos.
Que cada lágrima que cayó por ti es ahora un mar de fuerza para los dos. Que cada patada al suelo, llena de rabia y de un incontestado por qué ahora se traduce en un abrazo que te ahoga cuando vuelves. Que me gusta pensar que una noche fría, y hablando de latín, los dos pensábamos estar de acuerdo, pero aún no teníamos ni idea de cuanto, haciéndonos los fuertes y creyendo que podríamos soportarnos lejos, cuando lo más que puedo es cuando siento tus labios en mi piel.
Que tú eres mi tila preferida. Comparado contigo, cualquier droga se convierte en una golosina inofensiva. Que a mi tus susurros me suben al cielo, y más aún si van acompañados de un beso.
Que podría escribir la historia de tu cuerpo, y me faltaría tinta. Que me encanta ver mis rodillas verdes cuando recupero la consciencia después de ti. Que una lágrima escondida murió en tus labios. Que no me importa chillarle al mundo que te quiero y que quiero mil mañanas a tu lado, entre sábanas desordenadas y almohadas que huelan a ti.
Que me encanta darte un puñetazo y ver como finges que te ha dolido, mientras intentas contener la risa que te provoca que una cosa como yo intente traspasar la muralla de tus músculos. Que me niego a volver a los vis a vis entre los labios de cualquier sin nombre, o a las noches de almohadas vacías y sábanas frías, empapadas por las lágrimas que luego me encargaré de negar con una sonrisa pintada. Que no quiero ni imaginar qué sería de mí si un día no estuvieras aquí para decirme todo va bien.
Que me has enamorado.

jueves, 29 de abril de 2010

-¿Por qué me diste tu número? -solté la pregunta bruscamente. Él se había acercado sonriente, como si supiera que aquel día ocurriría algo. Se le congeló el gesto en cuanto le miré a los ojos.
-Porque sí. Me atraes. Me gustó lo que vi aquel día en el parque -se trababa al hablar, le había puesto nervioso. El asco y el desprecio fluían en mi interior como dos corrientes complementarias.
-¿Por qué has venido hoy?
-Porque me gustó, ya te lo he dicho. Le tratabas como a un cualquiera. Como si no te importara nada. Jugabas con él.
Su voz se había tornado más fuerte. Creía que había recuperado su posición. Pobre idiota. El desprecio se había convertido en ira en mi interior.
En ese momento le dije: "Vámonos." Me siguió, claro. Feliz, como un perro faldero. Dejé algo de dinero sobre la mesa y me largué de aquella cafetería, con un paso fuerte pero calmado, no queriendo dejar traslucir mis ganas de partirle la cara, por subnormal.
Me daba igual que nos hubiera visto en aquel parque. Estaba demasiado cabreada como para tener aquel detalle en cuenta. Aquel niñato había venido a mí, se había atrevido a darme su teléfono, a dar una indirecta para que le llamara, creyéndose superior a cualquier otro. Y peor aún. Creyéndose superior precisamente a ese otro.
Sonreí. Cuando nos alejamos de la puerta del lugar, por una calle sin salida, me giré. Le miré, transmitiendo el ardor de todo mi ser. Pero lo que él no se esperaba es que fuera por rabia y no por deseo. Se acercó, como si me hubiera logrado, y le dejé hacer. Me besó, y percibí su alegría. "Idiota.." pensé. Entretejí mis dedos en su pelo, me pegué a su cuerpo y le sentí. Sentí como cada vez estaba más seguro de su éxito. Y entonces empezó. Quiso bajar a mi cuello, y se lo prohibí de un tirón seco del pelo. Me miró, sonriendo, y le sonreí a su vez. Volvió a intentarlo, y esta vez le di una torta. Fui yo quién bajo a su cuello. Le besé la arteria. Suavemente. Y a continuación, le mordí. Se tensó por un momento, pero no duró mucho. Se relajó y me abrazó.
Le separé de mí, de un empujón. La sonrisa seguía allí, aunque ahora se parecía más a la de una serpiente.
Me acerqué a su oído, de puntillas. Mi aliento le rozó la oreja, provocándole un escalofrío. Yo sabía que en ese momento me deseaba más de lo que él mismo pensaba.
-¿Sabes? Ni siquiera sé tu nombre. Ni siquiera me interesa. Él no es un cualquiera. Ni te atrevas a insinuarlo. A TI te he tratado como un cualquiera.
Me di la vuelta y me fui, satisfecha. Le dejé allí, más confuso que nunca.

domingo, 25 de abril de 2010

Y es que ya sabes que soy incapaz de no morir cuando te veo tirado como si nada en mi cama, mirando al techo mientras intentas ocultar la risa que tira de las comisuras de tus labios, mientras tus ojos brillan, juguetones. Mientras a mí se me revuelven las entrañas al verte allí, tú te dedicas a hacer que me ignoras y yo a fingir que no me estás enamorando.
Que nos gusta demasiado perder el tiempo jugando a intentar. Que un mordisco tuyo me lleva a la luna de cabeza y que cada palabra que susurras en mi oído me hace reír, mientras por dentro me vuelves loca de deseo. Que hay días que me da igual que a nuestro alrededor no dejen de mirarnos, que el problema es suyo. Que te comería a besos de la cabeza a los pies, y créeme, sin remordimientos. Que es inevitable. Si me dices que no, mi mente se centra en sacarte un sí. Mis manos siempre andan hambrientas de tu cuerpo, y no hay minuto en el que no te eche de menos.

jueves, 8 de abril de 2010

Morning

Una taza de café más. En pijama y hecha un ovillo, rodeada por el humo de un cigarro que fuman a lo lejos. Suena Apologize y mi messenger, tu conversación. Me hace sonreír. Entra el sol por la ventana y deja mi lado derecho en sombras.
Recuerdo su olor, que golpea con fuerza, dejando marca.
I miss you, idiota.

sábado, 3 de abril de 2010

Abril.

Son las ganas de comerte de pies a cabeza, pero sin saber a quién.

sábado, 20 de marzo de 2010

Lily II

Ring.
Ring.
Ring.
El timbre no cesaba de sonar, una vez tras otra. Lis miraba fijamente una baldosa, sin atreverse a alzar la vista. Hacía mucho tiempo que no veía a Lily. Pero necesitaba saber por qué aquella carta había vuelto a sus manos.
Ahora dudaba de todo lo que antes creía que era seguro. Simplemente era eso. Durante años había creído saber que tenía todo bajo control. Y no se trataba ya de la carta, si no simplemente que el punto del día que no podía faltar, había sido perturbado, destrozado, fulminado. Alguien se había llevado su café a medio terminar.
Río para sí, sorprendida por sí misma. Consideraba más importante que alguien hubiera logrado llevarse su preciado café de hace dos días que que hubiera aparecido un fragmento de su pasado, en sus manos. Bueno, en ese momento, en su bolso.
Aún no había nacido quién pudiera acercarse a ella sin que ella lo supiera, cosa que estaba comprobando en ese momento al notar la presencia de Lily tras la puerta.
-Lily, ábreme.
Caso omiso. Notó la leve aceleración de la respiración de su antigua compañera. No la culpaba, tecnicamente estaba muerta. Debía ser un shock volver a ver a tu amiga cuando llevaba varios años muerta. Aunque eso en verdad no hubiera sucedido.
-Lily, cuyons, ábreme.
La llave giró en la cerradura y ambas contuvieron la respiración cuando sus miradas se cruzaron de nuevo. Ninguna había cambiado ni un ápice. Fisicamente por lo menos. Pero en lo demás.. eran totalmente distintas.
Lily observó a Lis con los ojos muy abiertos, tanto por la sorpresa como por el pánico. Pocas personas en este mundo sabían tanto como ella respecto a la muerte. Y la resurrección era algo inviable. Ella había visto a Lis muerta, había llorado sobre su cuerpo, lo había enterrado. Y ahora la veía frente a ella. Viva. Esos ojos marrones, que en vida eran vivaces e inteligentes, se presentaban tal y como estaban antes de que le diera el paro cardíaco. Hacía 20 años de aquello.
Lily había continuado su vida, olvidando en lo posible a Lis. El clan continuó su vida tras el luto, y ella con él. Era la gran Invocadora. No podía permitirse faltar. Pero hubo algo que nunca quiso decir a nadie, y que solo ahora tenía en cuenta para algo más que para generar odio. El cadáver de Lis reflejaba que el paro cardíaco había sido provocado por una sustancia, que probablemente hubiera tomado la misma Cazadora. Lily no podía dejar de preguntarse por qué Lis prefirió morir así que morir de alguna forma en la que su espíritu pudiera ser usado para las invocaciones de Lily. No era la vida, pero era lo más parecido. Aquel interrogante había vivido con ella, y cuando Lis se presentó en la puerta de su casa aquella tarde, no pudo evitar hacerse muchas preguntas.
Lis, por su parte, había salido de noche de su tumba, viva de nuevo, como una Julieta moderna. Pero su motivo no era el amor, si no la libertad. Hacía 20 años. Durante los tres o cuatro primeros años vivió en escondrijos que encontraba, cazaba para comer y dormía en el suelo, al raso. No era algo molesto para ella, pero si cansado. Muy cansado. Cuando se atrevió a volver a una vida medianamente normal, decidió mudarse a una ciudad grande, donde pasar fácilmente desapercibida. A partir de ese momento, el café fue el motivo de su vida. Una vida monótona y mortalmente aburrida. Algo que no era lo más adecuado para una antigua Cazadora de uno de los más grandes clanes de este mundo.
Ninguna de las dos se movió.

Lily I

"Querida Lily:
Bajé las escaleras una detrás de otra. El corazón bombeaba con fuerza y los nervios mezclados con la prisa hacían que mi respiración se acelarase. El pelo, que había crecido sin pausa en los últimos dos años golpeaba ritmicamente en mi espalda. Ya había olvidado el calor.
Pero no había olvidado el día ni el lugar. Y tampoco había olvidado cada timbre de cada una de vuestras voces, ni de vuestras risas. Lo había grabado todo en pequeño formato y lo había catalogado como FRÁGIL en mi cabeza. Todas las noches, con cuidado, sacaba esa cinta, le soplaba el escaso polvo acumulado y la escuchaba. Cerraba los ojos y todo aquello me llevaba a soñar. Tan solo tuve que seguir el rastro de la felicidad y la tranquilidad veraniega, que todavía flotaba en el aire, hasta vosotros. En verdad, sabía dónde estaríais, pero el miedo a los cambios me hacía asegurarme de cada una de las huellas. Antes de veros, de cruzar la última verja, paré y respiré. Sin saber qué iba a encontrarme, crucé con los ojos cerrados y con el corazón a mil. Y me guié por las risas hasta vosotros. Recordaba la cantidad exacta de escalones, de árboles, de briznas de hierba."

La carta, escrita con tinta roja, llegó hasta mis manos un 17 de febrero, mientras, sentada en un café, contemplaba pasar a la gente a través del gran ventanal. Era entretenido, poco a poco imaginaba sus vidas, las entretejía, las dibujaba. El café, que antes me parecía amargo, ahora se me antojaba el mejor de los placeres. Bueno, siendo realistas, quizá exceptuara uno, pero por crueles azares del destino se me vedó.
Cuando mi mano, por enésima vez, buscó la taza para beber el enésimo sorbito (los cafés tendían a durarme una hora y media, dos horas, dependiendo de la prisa del espaciotiempo), encontré esta carta. Por primera vez en la hora que llevaba allí sentada giré la cabeza, en un movimiento apenas visible para quienes no estuvieran atentos, e incluso para quienes sí lo estuvieran. Mi amada taza de café había desaparecido. Alguien se había encargado de perturbar el mejor momento del día. Fastidiada, quise lanzar la carta en forma de bola por el ventanal, y acertar justo en la nuca de ese niño que no dejaba de gritar mientras jugaba al fútbol. Pero un pequeño rastro de la conciencia que no tenía me hizo abrir el sobre, delicadamente, tratando de no rasgar el pulcro papel, y lo abrí. Leí la carta, una línea tras otra, cada vez más rápido y sin pausa. Cuando terminé, el fastidio de la taza de café se convirtió en irritación rozando el cabreo. No hay nada que más odie que que escarben en mi pasado.
En ese pasado, yo no bebía café.