-¿Por qué me diste tu número? -solté la pregunta bruscamente. Él se había acercado sonriente, como si supiera que aquel día ocurriría algo. Se le congeló el gesto en cuanto le miré a los ojos.
-Porque sí. Me atraes. Me gustó lo que vi aquel día en el parque -se trababa al hablar, le había puesto nervioso. El asco y el desprecio fluían en mi interior como dos corrientes complementarias.
-¿Por qué has venido hoy?
-Porque me gustó, ya te lo he dicho. Le tratabas como a un cualquiera. Como si no te importara nada. Jugabas con él.
Su voz se había tornado más fuerte. Creía que había recuperado su posición. Pobre idiota. El desprecio se había convertido en ira en mi interior.
En ese momento le dije: "Vámonos." Me siguió, claro. Feliz, como un perro faldero. Dejé algo de dinero sobre la mesa y me largué de aquella cafetería, con un paso fuerte pero calmado, no queriendo dejar traslucir mis ganas de partirle la cara, por subnormal.
Me daba igual que nos hubiera visto en aquel parque. Estaba demasiado cabreada como para tener aquel detalle en cuenta. Aquel niñato había venido a mí, se había atrevido a darme su teléfono, a dar una indirecta para que le llamara, creyéndose superior a cualquier otro. Y peor aún. Creyéndose superior precisamente a ese otro.
Sonreí. Cuando nos alejamos de la puerta del lugar, por una calle sin salida, me giré. Le miré, transmitiendo el ardor de todo mi ser. Pero lo que él no se esperaba es que fuera por rabia y no por deseo. Se acercó, como si me hubiera logrado, y le dejé hacer. Me besó, y percibí su alegría. "Idiota.." pensé. Entretejí mis dedos en su pelo, me pegué a su cuerpo y le sentí. Sentí como cada vez estaba más seguro de su éxito. Y entonces empezó. Quiso bajar a mi cuello, y se lo prohibí de un tirón seco del pelo. Me miró, sonriendo, y le sonreí a su vez. Volvió a intentarlo, y esta vez le di una torta. Fui yo quién bajo a su cuello. Le besé la arteria. Suavemente. Y a continuación, le mordí. Se tensó por un momento, pero no duró mucho. Se relajó y me abrazó.
Le separé de mí, de un empujón. La sonrisa seguía allí, aunque ahora se parecía más a la de una serpiente.
Me acerqué a su oído, de puntillas. Mi aliento le rozó la oreja, provocándole un escalofrío. Yo sabía que en ese momento me deseaba más de lo que él mismo pensaba.
-¿Sabes? Ni siquiera sé tu nombre. Ni siquiera me interesa. Él no es un cualquiera. Ni te atrevas a insinuarlo. A TI te he tratado como un cualquiera.
Me di la vuelta y me fui, satisfecha. Le dejé allí, más confuso que nunca.
jueves, 29 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario